"El Infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio".

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

lunes, 24 de mayo de 2010

domingo, 23 de mayo de 2010

CONCURSO. CORRESPONDENCIAS.

¿Qué tienen en común Una chica cortada en dos y La muchacha del trapecio rojo?

a) Están basadas en el mismo hecho real.

b) Las dos protagonistas se enamoran de un escritor sesentón.

c) Aparecen imágenes de Lisboa.

CONCURSO. CORRESPONDENCIAS.

¿Qué tienen en común Canino y El castillo de la Pureza?

a) Suena el Fly Me To The Moon de Frank Sinatra.
b) Una guardia de seguridad se acuesta con el hijo de la familia.
c) Cuentan como una familia vive encerrada en una casa sin contacto con el exterior.

jueves, 13 de mayo de 2010

CONCURSO. ¿DE QUÉ PELÍCULA?

CONCURSO. CORRESPONDENCIAS.

¿Qué tienen en común Luna tentadora y La joya de Shangai?

a) Transcurren en la década de los veinte del siglo pasado.

b) Un joven sufre una castración en su infancia.

c) Un niño entra a formar parte de una tríada en Shangai.

domingo, 2 de mayo de 2010

TULPAN


Tulpan, primer largometraje de ficción de Dvortsevoy, ingeniero aeronáutico ruso de Kazakstán (imposible no pensar en Borat) reconvertido en cineasta, es un film sorprendente. No se trata del habitual film presente en festivales, obtuvo el premio de Un certain regard, venido de países con poca producción cinematográfica, no es meditativo, no se regodea en los vacíos paisajes exóticos, más bien hace pensar vagamente en el Kiarostami de A través de los olivos.
Dvortsevoy filma los exteriores en planos largos, llenos de veracidad, intensidad y poética empatía, esperando pacientemente que la vida, animal o humana, aparezca en el cuadro, mientras deja que el sonido tome lentamente posesión del espacio: gemido del viento, camellos, gritos de niños. Para pasar posteriormente al interior de la tienda y así ir de lo épico a lo íntimo, donde la cámara, sin artificio ni impostura, de repente más móvil, más cercana a los gestos y los rostros, capta escenas de la vida familiar.
Aunque a veces pueda caer en el kusturikismo, en el pintoresquismo y el contraste cómico entre el mundo moderno y el tradicional, con el amigo que escucha a Boney M conduciendo su vehículo, la película nos sumerge con alegría, ternura e intimidad en el día a día de esa familia que sobrevive criando ganado, consiguiendo especialmente que todas las secuencias bajo la carpa de su casa sean magníficas.
Pero mención aparte merece la escena, no prevista en el guión, filmada íntegramente y en tiempo real, del parto de la oveja con la ayuda de Asa. Escena asombrosa, impresionante, que resume todo el film, suerte de unión entre lo real y lo imaginario, que acaba por convertirse en el centro de la película, y en la que Asa va a descubrir el sentido de su vida, tomará conciencia de sus capacidades, de su valor, de su paciencia y obstinación. Todo en una sola secuencia increíblemente simple y sublime.
Un cine desarmante en su sencillez, sin dobles lecturas, hiperrealista, sin cálculo, rebosante de humanidad y autenticidad, que se inventa a medida que se hace.

miércoles, 28 de abril de 2010

EL APICULTOR


Los apicultores aman su trabajo,

tienen una relación erótica con las abejas.

Esto los acerca a los artistas.

Theo Angelopoulos


Película ambiciosa y lírica, interpretada con introspección por Marcello Mastroianni que admirablemente hace suyo el personaje de Spyros, nombre del padre del director, hombre poco comunicativo que decide dejarlo todo por un viaje épico al volante de su camioneta, que le permita reconstruir lo que hay demolido en su vida, lo que le lleva a decir, en una frase de longitud poco habitual en él: “Si alguien me pregunta ¿quién eres?¿qué deseas? Nada, nada. Sólo estoy de paso”.

Spyros fracasa en su intento de reconectar con la humanidad, él que ha vivido intensamente en años anteriores, un hombre de hoy con un pasado detrás. Este fracaso se materializa en su relación con la promiscua joven autoestopista, perfecta negación de cualquier clase de memoria histórica, que lo acerca más a su final anunciado.

El apicultor es un retrato profundamente melancólico y sombrío del aislamiento y desarraigo del alma humana que hace pensar en Antonioni y su El desierto rojo, un testimonio implacable sobre el vacío existencial. Angelopoulos restringe su campo de visión a un personaje único en plena deriva existencial que atraviesa por última vez una Grecia que no comprende, sustituyendo su acostumbrada reflexión sobre la muerte de las ideologías, sirviéndose de una saga social, por esta elegía individual, sin por ello perder su capacidad para el lirismo, como en esa magnífica secuencia final, ese gesto de desesperación.